Una carta en tiempos en los que la buena intención también cuenta

¿Por qué no? ¿Y si es verdad que es una genial idea de alguien con buenas intenciones? ¿Y si con esas líneas puedo darle un poco de alegría a alguien que la necesita? ¿Y si, realmente, ha llegado el momento de desconfiar menos y abrir más nuestros corazones?

Era una de esas noches de aislamiento ¿la segunda? ¿la quinta? ya no lo sé… estando ya en la cama, recibí un audio por WhatsApp en el que una dulce voz femenina decía, más o menos:

“Hola, familia ¿qué tal? Os escribía para pediros ayuda con una iniciativa que se me ha ocurrido para poner en marcha en el hospital donde yo trabajo. Allí la situación es bastante mala porque hay mucha gente ingresada, infectada, y la UCI está muy sobrepasada. Entonces, os quería plantear un problema y una solución que se me ha ocurrido por si me podíais ayudar.
Uno de los mayores problemas que tienen los pacientes ingresados con Coronavirus es que están en un aislamiento brutal, están completamente solos, separados de sus familias, muchos de ellos saben que sus familiares también están en otras habitaciones solos o intubados en la UCI o que, incluso, se están muriendo y tienen que hacer frente a esa soledad de que los médicos pasemos, por que es la norma, solo una vez al día a verles y estar completamente solos, con muchísima ansiedad sobre su enfermedad, y ya se sabe que entre aquello que se curan hay muchísimo síndrome de estrés post traumático por todo el aislamiento.
Entonces, he hablado con los médicos que llevan el grupo de infecciosas y de neumología, que son los que más ingresados tienen, y se han comprometido a que, si les entrego cartas anónimas de gente, cartas de ánimo, ellos les harán llegar a todos los pacientes esas cartas.
La idea es que cada día, cuando un médico pase a ver a un infectado, le dé una carta anónima de apoyo de alguien de la población general, y es una manera de que también, las personas que están sanas, en cuarentena, en sus casas se sientan útiles y sientan que pueden ayudar porque, de verdad, pueden ayudar muchísimo en esta epidemia.
Si os parece bien, necesitaría que me enviaseis, todos los que podáis, cartas anónimas de apoyo. En la carta podéis poner vuestro nombre de pila, vuestra edad y un poco a lo que os dedicáis para que la persona enferma os pueda imaginar o pueda poneros cara, seguida de un mensaje de apoyo o de ánimo en su recuperación…”

Acompañaba a este audio una dirección de correo gmail, con un nombre y un apellido, como el mío o como el tuyo. Yo no me paré a pensar, la verdad, me pareció conmovedor, maravilloso, y me puse, frenéticamente, dedos a las teclas de mi móvil. Escribí algo muy cotidiano, acerca de gatitos y perrita, de cómo habían llegado a mi vida, de cómo eran y lo que me gustaba de ellos, de lo mucho que alegraban mi aislada vida, en estos momentos, con sus peculiaridades, de que eran mi familia más cercana, de que los amaba con locura. Y adjunté fotos suyas, porque creo que ellos transmiten mucha más dulzura y esperanza que mi cara y porque, además, son más fotogénicos que yo, todo hay que decirlo. Acabé mi carta con unas palabras de ánimo de esperanza y, después de un ligero repaso, pulsé “Enviar”.

La dulce sensación de saber que hay personas que piensan en formas de aligerar la situación de los más afectados me invadió y reenvié el mensaje a los contactos de mi agenda que pensé que podrían escribir unas bonitas cartas.

Unos minutos después, una amiga, con muy buena intención, me escribió diciéndome que esperara un poco antes de mandar algo, que podría suceder que dentro de unas horas se supiera que esa iniciativa era una treta para captar direcciones de correo electrónico, porque muchos timadores de estaban valiendo de este tipo de recursos.

Le agradecí y me desmoroné, no solo porque ya había enviado el correo, sino porque, a pesar de mis años, aún me cuesta creer que haya personas con tan pocos escrúpulos como para aprovecharse de la buena fe de los demás para sacar beneficio propio. Por supuesto, pasé un rato con las ideas rebotando dentro de mi cabeza hasta que, finalmente, decidí parar.

Me encogí de hombros, pensando que con mi correo electrónico bien poco se podría hacer, que yo había actuado con toda la buena intención de mi corazón y que si, en un momento como este, nos cruzamos todos de brazos y no apoyamos buenas iniciativas particulares llevados por la desconfianza, pocas son las esperanzas que tenemos de resurgir de esta crisis como mejores seres humanos.

Al día siguiente, recibo un mensaje de mi buena amiga “Mira, resulta que era cierto”, acompañado de una nota de prensa que se titulaba:

“Los ciudadanos responden a una iniciativa de los médicos con 30.000 cartas a aislados por coronavirus”

https://verne.elpais.com/verne/2020/03/18/articulo/1584523371_524593.html

Treinta mil ¡treinta mil personas! treinta mil corazones que palpitaron al son de las teclas para dar un momento de alivio a los enfermos. Treinta mil personas que confiaron, que contaron a un extraño algo de su vida, que le enviaron aliento a través de internet.

Y sonreí, y mi esperanza reverdeció. y leí que el mensaje es una iniciativa de una doctora del Hospital Universitario de la Princesa, Cristina Marín, quien durante la noche de ese miércoles consiguió reunir más de 30.000 cartas, según confirmó una portavoz del Colegio de Médicos de Madrid. A la idea se han sumado ya varios hospitales, que proponen a los ciudadanos que enviemos correos para estas personas enfermas a cartas.venceremos.covid19@gmail.com

Es una iniciativa maravillosa ¿verdad? No importa si tienes mala ortografía, o si la redacción se te da regular, o si crees que no tienes nada importante que decir. Para los enfermos, tus palabras serán un soplo de aire fresco, una ventana hacia la esperanza. No lo dudes, escribe tu carta, regálate un momento para pensar en alguien a quien no conoces, para alegrar su soledad.

Mientras tanto, quédate en casa y pon tu granito de arena para contribuir a paliar esta crisis, #hagamosquePASe

“Nadie es más solitario que aquél que nunca ha recibido una carta”

ELÍAS CANETTI

Gigil

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