Yo lloro en el cine ¿y qué?

Soy de lágrima fácil. He llorado en aeropuertos, aviones, en el coche, sobre la almohada, en el cine… En el cine, muchas veces, y es que no hay nada mejor que derramar mares de agua salada mientras veo una buena peli. Sí, yo lloro en el cine ¿y qué?

Era mi cumpleaños, y una amiga de la universidad, al no saber que regalarme, me invitó al cine. Ghost estaba en cartelera. Si ya es triste despedirte de un gran amor estando vivo ¿cómo puede una persona cualquiera, como tú, como yo, no como Demi Moore, soportar el gran dolor de despedirte de ese fantasma que, en vida, fue tu media naranja? Yo me estaba viviendo aquella desgarradora historia en mis carnes, lloraba desconsoladamente de tristeza, pero también de risa escuchando los hilarantes comentarios de mi amiga, reconocida y admirada por todos por su excelente sentido del humor y sus divertidos comentarios. Al salir, mientras me secaba las lágrimas, le dije entre risas “No me has dejado llorar a gusto”.

Ya no me avergüenza llorar en el cine, no, es algo que tengo asumido como parte de mi manera de ser.

No sé si antes o después, fui a ver Sommersby, acompañada de mi madre y dos amigas. Ya estamos… Una mujer, creyéndose viuda de su intransigente y violento marido durante la guerra, lo ve regresar del campo de batalla convertido en un hombre encantador, amable y sosegado, tanto que parece otra persona. Pero, como suele pasar, algo se interpone a su felicidad y yo, indignada, viviendo aquel drama como propio, suelto las primeras lágrimas sin poder permanecer en silencio. Mi madre, sentada a mi lado, impasible (y algo avergonzada, supongo), abre su bolso, saca un pañuelo y me lo acerca… Yo me río de su gesto, agradezco su amabilidad y me echo a llorar como si llevara un vestido propio de los años de la Guerra Civil estadounidense y me llamase Laurell.

Años después, voy con una amiga a ver La Vida es Bella”. Al principio, genial, me río a carcajadas ante la impecable interpretación de Roberto Benigni, mientras se inventa mil historias para que su hijo no se entere de la grave situación que viven dentro de un campo de concentración nazi. ¿Cómo podía imaginarme que no iba a acabar bien aquello? Al terminar la película, los espectadores comenzaron a abandonar la sala mientras yo, reclinada sobre el apoyabrazos de la butaca, lloraba hasta casi no poder respirar. Fui la última en salir de allí, sin poder quitar la mirada de la pantalla.

¿Y en Titanic? No solo sufrí, es que salí del aparcamiento indignada ante tal injusticia. Al no haber suficientes botes salvavidas, los adinerados fueron quienes los ocuparon, dejando morir en el mar helado a los menos favorecidos ¿Cómo puede haber tanta injusticia en el mundo?

Ahora selecciono muy bien las películas que veo, en casa o en el cine, no porque me dé vergüenza llorar, no, es algo que tengo asumido como parte de mi manera de ser, sino porque lo paso realmente mal. Ví Hachikō a sabiendas de que sería mi suicidio emocional: Richard Gere (también estuvo en “Sommersby”, hay un patrón, está claro) y la muerte anunciada de un perro son una mezcla que garantiza que voy a poner a funcionar mis glándulas lacrimales a su máxima capacidad.

Tengo vetadas las películas románticas, en las que se juntan mascotas y asesinos, las que se inspiran en el holocausto y en la esclavitud. Y aún así me llevo sorpresas… Me seco las lágrimas, me quito las gafas y las limpio, recojo los pañuelos, apago la tele, me voy a la cama y sigo llorando. Es la magia del cine.

Gigil

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